Hemeroteca :: 23/02/2006
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OPINIÓN

Escaño cero

Julia Navarro

Última actualización 23/02/2006@06:00:00 GMT+1
Estábamos hablando bajito y fumando un cigarro. A mi izquierda estaba Susana Olmo, a mi derecha Pilar Narvión. Y flanqueando a éstas, Miguel Ángel Aguilar y Charo Zarzalejos. También recuerdo cerca a Manuel Antonio Rico, y a Víctor Márquez Reviriego y a Fernando Segú y a Jordi García Candau... La sesión transcurría con monotonía para los periodistas que estábamos en la tribuna puesto que sus señorías estaban votando con papeleta y en urna la elección de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente. Eran las seis y cuarto de la tarde cuando escuchamos un cierto revuelo en el pasillo y Susana Olmo, colega y amiga, y yo salimos a ver qué pasaba. Abrimos la puerta de la tribuna de prensa y no habíamos dado tres pasos cuando nos encontramos a un hombre medio vestido de guardia civil, más bien de paramilitar, que, apuntándonos con una cetme, nos conminó a regresar por donde habíamos venido. Seguidos por él y con el susto recorriéndonos todo el cuerpo, volvíamos a la tribuna, a nuestro sitio, momento en el que en el hemiciclo entraba el teniente coronel Tejero.

Durante unos minutos todo fue confusión, escuchamos la orden de "al suelo", luego los disparos, ruidos y más confusión. Cosas del destino, los disparos los efectuaron al techo, justo donde estaba la tribuna de prensa, de manera que cristales y yeso cayeron sobre nosotros. A mí se me rompieron las gafas... Con voz temblorosa preguntamos a Miguel Ángel Aguilar quién era ese guardia civil con bigote que acababa de entrar, y la respuesta de Miguel Ángel nos sonó a sentencia: "Es el teniente coronel Tejero, el de la Operación Galaxia". El miedo que teníamos aumentó. Allí echados en el suelo, desde la tribuna, podíamos ver a Adolfo Suárez permanecer quieto, sin moverse, valiente como él solo, lo mismo que el teniente general Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo. Nos impresionó la valentía y serenidad de los tres.

Pilar Narvión, una de las periodistas pioneras del periodismo político en España, intentaba calmarnos a las más jóvenes: "Niñas, fijaros bien porque esto es lo que dicen los libros de Historia que es un golpe de Estado". Charo Zarzalejos lloraba. En ese momento pensábamos que se había acabado nuestra joven y frágil democracia, y temíamos que de allí nos llevaran a algún estadio de futbol, al Bernabéu, dijo alguien. ¿Por qué creíamos que nos llevarían a un estadio? Pues porque eso es lo que hacían los militares fascistas y golpistas en Argentina y Chile.

Pilar Narvión, absolutamente tranquila, se dirigió a aquel individuo vestido de paramilitar que nos había amenazado con la cetme conminándonos a tener las manos quietas. "Oiga, joven, esta niña está muy alterada por el susto que nos están ustedes dando, así que va a salir al baño a refrescarse y beber agua". Pilar no le estaba pidiendo permiso, sino dando una orden y aquel energúmeno no se atrevió a contradecirla, de manera que Charo, acompañada por Susana Olmo, que tenía una herida en la cara, salieron de la tribuna para ir al baño. Al cabo de un rato, Pilar me envió a buscarlas porque tardaban. El guardia vestido de paramilitar allí seguía con la cetme.

De aquel día tengo cientos de recuerdos guardados en la memoria, pero quizá uno de los más vívidos es cuando vimos aparecer en el hemiciclo a Antonio Jiménez Blanco. El bueno de Jiménez Blanco había sido diputado de UCD y después pasó a presidir el Consejo de Estado. Cuando escuchó por la radio que Tejero había asaltado el Congreso intentando un golpe de Estado, don Antonio se presentó allí dispuesto a correr la misma suerte que el resto de los parlamentarios. Ese es un gesto de una grandeza democrática que a mi juicio hasta ahora no se ha valorado en su magnitud.

También recuerdo con horror cuando los guardias civiles se llevaron a Suárez, Felipe González, Alfonso Guerra, Carrillo y Gutiérrez Mellado. Pensamos que les iban a fusilar. Y otro gesto, el de Manuel Fraga dirigiéndose a Juan Mari Bandres para asegurarle que, aunque él pensaba radicalmente distinto al abogado y diputado vasco, estaba dispuesto a defenderle y dar la vida por él.

Aquella tarde del 23 de febrero de 1981 fue la más larga de mi vida: tenía miedo, rabia, dolor. Al principio los guardias civiles no nos permitían llamar por telefono. Luego, cuando ya se habían hecho con el control del Congreso, relajaron un poco la atención sobre los que allí estábamos. Recuerdo que en cuanto pude me metí en una cabina para llamar a mi casa, a mi madre, y tranquilizarla, lo que, como pueden suponer, era harto difícil.

Habían pasado dos o tres horas cuando empezamos a tener alguna noticia gracias al transistor que llevaba en el bolsillo el inolvidable vicepresidente de gobierno de UCD, Abril Martorell, un hombre clave en la Transición y padre espiritual, como Alfonso Guerra, de la Constitución, porque detrás de los siete ponentes constitucionales siempre estaban Guerra y Abril, pero esa es otra historia.

Otro momento terrible fue cuando Tejero creyó que desde fuera iban a cortar el suministro eléctrico, y de repente vimos como un grupo de guardias empezaba a apilar sillones y mesas en medio del hemiciclo dispuestos a hacer fuego con ellas. No sé si creían que así iban a iluminar el Congreso, pero si sé que si lo hubieran hecho habríamos muerto achicharrados.

Hubo tres momentos en que aquellos guardias civiles permitieron salir a periodistas y funcionarios. Yo decidí quedarme dentro y no marcharme, y allí estuve hasta pasadas las doce y media de la noche, en que me echaron. Recuerdo que los dos últimos periodistas que nos quedamos dentro fuimos Jordi García Candau y yo. Entonces Jordi trabajaba en RNE, más tarde sería director general de RTVE, y ahora lo es de la Televisión de Castilla-La Mancha.

Cuando salimos, la calle estaba llena de guardias civiles y policías nacionales. Recuerdo que le pregunte a Jordi :"¿Pero estos son de los malos o son buenos?". No tenía respuesta para mi pregunta. En realidad no supimos hasta el día siguiente que el golpe había fracasado. Aquella fue también la noche más larga de mi vida y seguramente la de muchos millones de españoles. Cuando TVE difundió el mensaje del Rey condenando el golpe suspiramos más tranquilos, pero seguíamos sin saber en qué iba a terminar todo aquello.

No fue hasta la mañana siguiente cuando vimos saltar a los guardias civiles por las ventanas bajas que dan a la Carrera de San Jerónimo, cuando por fin vimos el final del túnel. La salida de los diputados fue emocionante, recuerdo que llore de alegría, de miedo, de angustia. Fue uno de los momentos más emotivos que he vivido.

Durante muchos años no he podido ver el vídeo del 23-F sin ponerme a llorar, y hoy, veinticinco años después, me continúa costando reprimir las lagrimas. Aquel día estuvimos a punto de perder la libertad y el solo pensarlo me produce un profundo estremecimiento.

Sí, hace veinticinco años de aquel 23-F, y yo estuve allí.
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