OPINIÓN
La semana política que empieza
Fernando Jáuregui
Última actualización 05/06/2006@06:00:00 GMT+1
La imprevisibilidad es una de las características más sobresalientes de José Luis Rodríguez Zapatero. Te lo dice hasta alguno de sus ministros, entre los que, por cierto, no encontraría usted a muchos críticos del presidente. Zapatero está, estos días, de moda, incluso cuando el teórico protagonismo de la semana que empieza corresponde, en principio, a Mariano Rajoy, que piensa defender la resolución parlamentaria del PP, presentada a raíz del debate sobre el estado de la nación, poniendo muchas cortapisas a una posible negociación con ETA. Muchas.
Este es el tema del que más oiremos hablar esta semana (y las que vienen): la negociación, o como quiera llamarse, con la banda terrorista. Que permanece callada, agazapada tras la representación de Batasuna, que es quien lleva la voz cantante. Casi la única voz, de hecho, hasta el momento. Porque en el lado de acá, en el de los demócratas, dividido entre socialistas y sus aliados, por un lado, y los populares, por otro, existe una cierta barahúnda, demasiados sonidos, presididos, por cierto, por las voces contradictorias emitidas por la misma persona, que no es otra que el propio Zapatero. Aunque voces contradictorias también se escuchan, al menos se intuyen, en el lado de la oposición.
Ni el presidente del Gobierno ni el líder de la oposición están transmitiendo, que se diga, mensajes precisamente unívocos. Y, claro, la confusión preside los sentimientos de la sociedad, que no parece saber muy bien a qué atenerse. ¿Será esta semana, aprovechando el debate de la resolución del PP, la de una mayor clarificación de las posturas? Porque en el PP, digan lo que digan, no existe una sola línea oficial acerca de los contactos con ETA. Y, desde el Gobierno, nos llegan mensajes imprecisos, que dicen que van a empezar conversaciones y que se va a pedir autorización para ello en el Parlamento, pero sin especificar ni cómo, ni dónde, ni cuándo, ni cuánto.
Zapatero está a sus zapatos, sin darse cuenta de que sus zapatos son nuestros zapatos, dado que, al fin y al cabo, todos nosotros somos quienes le colocamos en La Moncloa y, perdón por la brutalidad, pagamos los sueldos de la clase política. Una clase política que, en su conjunto, parece actuar de manera ajena a los intereses y expectativas de la ciudadanía, que lo que quiere es una paz rápida y con no demasiadas concesiones.
Y, entonces, es, curiosamente, Batasuna quien lanza los mensajes, por un lado, mientras por el otro lo hacen los más acérrimos enemigos de cualquier negociación con la banda. Tan enemigos que a veces da la impresión de que una paz eventual estropearía sus planes. Evidentemente, Rajoy no quiere verse confundido con los más extremistas, pero no está claro que siempre lo logre: ahí está la nueva manifestación del próximo sábado, convocada por unos representantes de las víctimas que, en ocasiones, se muestran excesivamente pugnaces contra cualquier iniciativa del Ejecutivo socialista y a la que de manera expresa se ha unido el PP. Claro que tampoco la estrategia de comunicación elegida por el Gobierno, consistente exclusivamente en atacar al PP, parece la más adecuada en estos momentos.
No falta quien, desde posiciones progubernamentales, anime a Zapatero a modificar esta línea y centrarse en explicar mejor qué es lo que quiere hacer y cómo. Tranquilizar a la opinión pública parece, ahora, lo fundamental. Inmediatamente después figuraría el involucrar al PP en la pacificación del País Vasco; pero, a la vista de las posiciones expresadas por unos y otros este mismísimo fin de semana, este objetivo parece muy difícil. Porque ni el uno, Zapatero, ni el otro, Rajoy, hablan claro. Especialmente, el primero: ZP, 'míster sí a todo', tiene horror a plantear la confrontación abierta, ignorante de que, para hacer una tortilla, hay que cascar huevos. Y, evidentemente, nos guste o no -que es más bien difícil que nos guste-, un proceso de contacto con ETA pasa por emprender formalmente conversaciones con Batasuna, que es la antesala de la banda. Aunque el PP, la asociación de víctimas de Alcaraz y buena parte de la opinión pública lo rechacen abierta y formalmente.
Así, los mítines de fin de semana, con Zapatero en Lérida y Rajoy en Marbella, reflejan la absoluta, sideral, distancia entre el presidente del Gobierno y un líder de la oposición que, vaya usted a saber en virtud de qué pactos expresos o tácitos, pero hurtados en todo caso al conocimiento de la ciudadanía, dice que se siente nuevamente engañado por el máximo dirigente de los socialistas. No es esta la mejor actitud para iniciar una negociación que se prevé difícil -la banda, aunque muy debilitada, asume siempre tesis enloquecidas, al borde del suicidio- y que, en teoría, requeriría que las fuerzas políticas democráticas acudiesen unidas. Aunque solamente sea en esto, sólo en esto...