OPINIÓN
Columna pública
B.Quebdani Ben Abdellah,
Última actualización 10/04/2008@08:15:59 GMT+1
Vivir donde vivimos, tiene sus ventajas, pero también sus grandes inconvenientes. En Melilla, somos, a fin de cuentas, reflejo de pautas estandarizadas que se producen en la totalidad del país, incluso del mundo. Aunque ya saben ustedes que en lugares de extensión reducida y corta población, se acrecientan los defectos y multiplican las actitudes indebidas o criticables, conforme aquella hipotética escala de valores que algunos guardan en el maltrecho ropero del desván, para desempolvar cuando así les conviene e interesa.
He ahí los términos "mágicos" -llevados a sus máximos extremos- que definen la sociedad del letargo actual, aburguesada y cómoda: interés o conveniencia. Nunca estuvimos tan lejos del civismo; entendido éste como elemento de ayuda para compartir una humanidad y convivencia solidaria. Nunca estuvimos tan cerca de desvirtuar principios tan elementales a los que no deberíamos renunciar jamás.
Ya lo decía Aristóteles: "el hombre es un animal político", y entiendo que se refería al carácter social que acarreaba el mismo hecho de pertenecer a la "polis"; es decir, al quehacer del ciudadano por sus semejantes dentro de ese marco y estructura. Ahora, invertimos posiciones y damos dimensión política a nuestros intereses personales y privados, a fin de obtener provecho del poder o del Estado en su caso.
Poder, Estado, Administración, en manos de líderes o caudillos que regulan la sociedad y organización a su arbitrario proceder, supuestamente legitimados por el marco jurídico que ellos mismos han elaborado. Por definición, son repartidores de prebendas y privilegios entre sus afines; ególatras que gustan rodearse de una cohorte de plácidos y melindrosos aduladores; devotos insaciables de cúmulos y glorias.
Una sociedad lisiada, mutilada, feudal, donde el señorío impera bien nutrido y a costa del egoísmo inmovilista de quienes toleran subyugarse al albor de una dádiva gentil del "amo" complaciente y bienhechor: al que siempre habrán de estar agradecidos, al que siempre habrán de rendir pleitesía, reverenciándose a su paso por haber satisfecho aquella pretensión concernida.
Puestos a elegir, Quebdani se queda con la "oxigenante" libertad, pero jamás criticaré y comprendo a quién "besa el suelo" por hambre, o a quienes deben "hincar las rodillas" de sus principios para mejorar algunos aspectos de su vida cotidiana o laboral. Eso sí, que no traten después de disfrazar esos comportamientos con otros argumentos; que no intenten auto-convencerse para eludir los vestigios de aquella moralidad lejana ya perdida. Simplemente deben asumir lo que son: "victimas con apetito voraz" de un sistema que ellos mismos ayudaron a crear; que todos, en resumen, de un modo u otro mantenemos y consentimos, quizás a la espera, tras el oscuro deseo de que algún día también "nos toque la beneficiosa indignidad".