OPINIÓN
Columna abierta
Última actualización 03/10/2008@02:29:53 GMT+1
Creo que no es la primera vez que les cito a ustedes mi particular enervamiento cuando visito las dependencias del histórico edificio de Correos. Llegó un momento que pensé estar obsesionado, pero después de comprobar los múltiples y variados altercados, las lipotimias y ataques de histeria de la generalidad, debo reconocer la heroicidad de tan noble comportamiento, que encaja y asume para sí, lo que otros exteriorizan con inusitado frenesí. Si les digo que la imagen es tercermundista, puede que no les sobrecoja, pero si me atrevo a calificarla de medieval y rupestre, lo mismo levanto la curiosidad de aquél que todavía no haya tenido la "suerte" de comprobarlo y sufrirlo por sí mismo. La desidia de la Administración en Melilla por una institución legendaria, que prestó y sigue prestando al ciudadano melillense un servicio inestimable, con unos funcionarios que se ganaron a pulso el cariño y el respeto de todos los españoles, se ha convertido en un cochambroso zoco permanente, que colma todos los despropósitos y es merecedor de variados denominadores.
La presencia de una sola ventanilla, atendida con esmero y mucha profesionalidad, no es suficiente para aliviar las inmensas colas que se originan. Da igual la hora, aquello es un mercadillo pintoresco, propio de otras esferas; cajas, paquetes, correspondencia, giros, pagos etc. Todo, todo en el mismo batiburrillo, con el agravante de que muchas personas necesitan información; recoger y rellenar impresos; o que alguien les traduzca, porque son numerosos los que necesitan ayuda, ya que no pueden valerse por sí mismos.
En ese marasmo incontrolado, muy parecido a una gran torre de babel, siempre aparece la pobre señora despistada, que después de llevar una hora soportando los rigores del tumulto, con cinco kilos del paquete a cuestas, le dicen que tiene que volver atrás porque no sacó el numerito del turno ¿y dónde te dan eso?, exclamó llorosa y compungida. Pues en una máquina fantasmagórica escondida en una esquina, de la que no hay cartel de aviso. Claro, le acaba dando un desmayo y después viene el gorila de su hijo, vengativo y cabreado porque estaba en doble fila, dando mamporrazos, gritando que su madre tiene azúcar.
También tenemos al "somormujo", típico y hábil embaucador, que de un salto se coloca el primero, alegando con altivez y soltura tener un número muy anterior, ya pasado, pero que tuvo que salirse del mostrador -idílica meta para todos- porque el funcionario le mandó repetir el remitente del certificado. Otro lío, más empujones, nuevos alaridos y disputas entre una muchedumbre sudorosa, que se agolpa sin orden ni concierto en escasos metros cuadrados de un salón lóbrego, desaliñado y lleno de papelitos en el suelo; tantos, que no te ves los zapatos. Yo, procuro impávido, mantener la dignidad de mi rango, aunque al ver tanta ventana desierta y tanto computador apagado, dejo de abanicarme con el sobre y un escalofrío recorre de inmediato mis entrañas. Hago esfuerzos por no "tirarme al ruedo de la desesperación" y montar lo que sería mi legítimo "pollo". Que triste, acabar en comisaría después de una hora de tétricas experiencias. ¡Joder, que sólo quería un sello!