EDITORIAL
Carta del editor
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| Enrique Bohórquez, Editor de MELILLA HOY y el ministro de Turismo de Marruecos, Mohamed
Busaid, en un acto en Alhucemas |
Por Enrique Bohórquez López-Dóriga
Última actualización 07/10/2008@00:23:17 GMT+1
¿Con quién tiene uno más posibilidades de discutir, e incluso pelear, en esta vida? Con el vecino. ¿Con quién tiene más posibilidades de establecer acuerdos de cooperación y mutua ayuda? También con el vecino. Y, ¿de quién depende que se llegue a la trifulca o a la colaboración? Pues, obviamente, de ambos vecinos.
Lo que sucede entre personas se puede trasladar a la relación entre países. España y Marruecos son vecinos. Los españoles hemos sido invadidos por los marroquíes, los Tarif, los beréberes, los almohades, los almorávides. Los españoles convertimos la parte norte del actual Marruecos en un Protectorado. Abdelkrim, el caudillo bereber, fue un gran amigo de España, escribió en el periódico de Melilla -el antecesor de mi actual diario, MELILLA HOY, del que, por cierto, acabo de nombrar director a Mustafa Hamed, de obvios orígenes beréberes- y terminó (Abdelkrim, no Mustafa) siendo el gran verdugo de soldados españoles durante varios años.
Quiero decir, con esos ejemplos, que en las relaciones entre España y Marruecos ha habido de todo y, naturalmente, puede seguir habiéndolo, aunque de nosotros, marroquíes y españoles, depende que predomine la buena relación sobre la pendencia, algo que, sin duda, conviene, y mucho, a ambos países. Y es a través de ese reconocimiento del mutuo beneficio derivado de una buena relación sobre el que debe construirse la base de una duradera, nueva y buena relación entre los dos países vecinos.
No se debe ignorar que, por distintas razones históricas, Marruecos ha tenido una relación privilegiada con Francia, relación que todavía se mantiene en buena medida; sirva como muestra que el francés es lengua co-oficial en Marruecos, o que varios de los altos cargos marroquíes son de ascendencia y formación francesa, si es que no tienen la doble nacionalidad. También es evidente que a Francia, por muy listo y práctico que sea Sarkozy, no le interesa que España suplante su lugar en esa privilegiada relación. Pero también resulta claro para los que hemos visitado a menudo Marruecos que entre el pueblo español y el marroquí hay una proximidad que no se da entre este último pueblo y el francés. Así que hay una inicial facilidad de contacto humano, a la que se une una complementariedad económica y productiva entre España y Marruecos mucho mayor que la de ese país con Francia.
Únase, a estos dos aspectos, que España posee dos ciudades en el Norte de África, rodeadas por Marruecos, Ceuta y Melilla. Dos ciudades que oficialmente son motivo de conflicto entre los gobiernos marroquí y español, pero que -y esa una tesis fundamental que defiendo desde que hace casi 24 años fundé el periódico MELILLA HOY y que ahora he potenciado auspiciando la creación del Foro Melilla con el objetivo básico de desarrollar Melilla junto con su entorno marroquí- pueden y deberían servir de plataforma para acercar Marruecos a la Unión Europea y para explotar conjuntamente las inmensas posibilidades de desarrollo conjunto (repito: conjunto) entre Ceuta, Melilla y sus entornos marroquíes.
En la edición del domingo he escrito sobre turismo en Marruecos. Dije allí que visitar y conocer Marruecos es una experiencia tan intensa como inolvidable e insisto en la conveniencia de que, visitando ese variopinto país, los españoles aprendamos a entender mejor cómo es el pueblo marroquí y a desterrar esos tópicos predominantes, tan útiles para no tener que pensar como malignos para poder mejorar nuestras vidas y nuestras relaciones. Si practicáramos más ese turismo, esa intensificación de las relaciones entre los pueblos marroquí y español, estoy convencido de que sería fácil establecer unas relaciones entre los dos países de las que ambos obtuviéramos mutuos e importantes beneficios. E insisto en lo de mutuos, porque cualquier relación que beneficie sólo a una de las partes nunca será duradera.
Para ello también me permito insistir en la conveniencia para Marruecos de invertir en una seria campaña para mejorar su imagen en España, para atraer a más turistas españoles, para paliar su imagen de inseguridad jurídica, para desterrar el fantasma del islamismo radical -del que Marruecos resulta el principal perjudicado-, para intentar lograr, sin prisa ni pausa, que Marruecos se convierta no sólo en un país próximo a España geográficamente, sino también próximo al corazón de la mayoría de nosotros. Es una tarea difícil, ya lo sé, pero en absoluto imposible. Es una tarea de cuyos resultados tanto España como Marruecos saldrían altamente beneficiados.