OPINIÓN
Otra mirada
Ángel Castro Maestro
Última actualización 09/11/2008@03:26:05 GMT+1
En esta España nuestra y entre muchos grupos de personas de diferentes ambientes, está de moda, desde hace tiempo ser "anti-norteamericanos". En buena parte por la imagen de arrogancia de sus líderes, por sus planteamientos imperialistas y por su política con países de su entorno. Pero también -y esto me lo dijo un día, hace mucho tiempo un amigo inglés- porque España no participó en las guerras mundiales. Los demás países de Europa no olvidarán nunca la decisiva intervención de los Estados Unidos en las guerras mundiales y su contribución para liberar el continente de la locura y la barbarie. -si vuestros padres o abuelos, me decía, hubieran vivido la opresión nazi y la liberación en el año 1945, pensaríais de otro modo- y seguro que llevaba razón.
En este noviembre, el primer martes después del primer lunes del mes, el pueblo norteamericano votó como presidente al senador Obama y este hecho constituye un hito histórico mundial de primera magnitud, tan importante como la caída del muro de Berlín, como la desaparición de la URSS... y estamos teniendo la suerte de vivirlo a pesar de tanto contertulio "experto en USA" como nos encontramos.
Como yo no soy experto, lo veo a mi manera y me acuerdo todos estos días del Tío Tom. Es lástima que hoy los jóvenes crezcan sin leer esa novela de Harriet Stowe, porque ha llegado su hora. Seguramente sonreiría complacido y temeroso ante el aluvión de alegría y responsabilidad por un negro -todas los demás eufemismos no me gustan. Yo digo negro con el mayor de los respetos- mi memoria se marcha en estos momentos hasta Jesé Owens, que a pesar de sus cinco medallas de oro en Berlín no fue saludado por Hitler, pero tampoco por el presidente Roosevelt y no dejó de ser botones en el hotel Waldorf Astoria. Me acuerdo de todos los negros que sirvieron para que la sociedad estadounidense fuera conocida en el mundo. Los que sirvieron como parte del espectáculo que divertía, entretenía y servía para que esa nación sobresaliera de las demás. Hablo de Louis Armstrong, de Magic Jonson, de Carl Lewis, de Cassius Clay, de Charlie Parker, de Sydney Poitier, de John Coltrane, pero también de los miles y miles de deportistas, bailarines, músicos, artistas... y de los millones de camareros, sirvientes, utilleros, limpiabotas, barrenderos y empleados negros que contribuyeron a que su país sea como es hoy.
Recuerdo al reverendo Jackson, testigo directo del asesinato de Martín L. King y su lucha incansable, pero también a Rosa Parks, que se negó, en Alabama, a ceder el asiento de autobús a un blanco, a J. Meredith, el primer estudiante negro que asistió a la universidad de Mississippi y a H. R. Revels, que en 1870 fue el primer senador negro. A Malcolm X y al sueño del Premio Nobel de la Paz, M.L. King de que en las rojas colinas de Georgia y en la casa blanca de la capital, los hijos de los antiguos esclavos se sentaran juntos en la mesa con los hijos de los antiguos amos de los esclavos.
Hay veces que la Historia sale a tu encuentro para reconfortarte y aumentar la esperanza en el género humano. En estas fechas y sin olvidar ninguno de los problemas que padece el mundo, aquella declaración de independencia firmada en agosto de 1776: "que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad" es un poco más cierta y se hace algo más justa y es motivo de esperanza.
Ángel Castro Maestro