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Ingerir lo que no se debe...

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Por Isabel Mª Migallón Aguilar

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Ingerir lo que no se debe...
"Intrépidos reporteros siempre a la caza de una nueva noticia, sin escatimar esfuerzo alguno. Grandes redactores que plasmaban en sus páginas todo cuanto sucedía en la ciudad y sus alrededores. Así lo contaron ellos y tal cual vuelven a ser noticia."
Una imprudencia de Eulalia. Dos envenenamientos. Vivanderos indispuestos
En una modesta vivienda del barrio del Hipódromo, habitan desde algún tiempo Antonio Lupiañez Sánchez, su esposa y un hijo de éstos, llamado José, de 15 años de edad.

Padre e hijo, por su profesión de vivanderos, recorren las posiciones avanzadas, expediendo distintas mercancías. Esta circunstancia, les obliga a permanecer cuatro o seis días ausentes de su casa, a donde solo vienen con objeto de reponer las existencias de la modesta industria a que se dedican.

De ordinario, pernoctan en San Juan de las Minas, de donde regresaron el martes, por sentirse algo indispuestos. Buscando alivio a su momentáneo mal, ambos decidieron tomar un purgante, lo que efectuaron en la mañana de ayer,

Equivocación fatal
Para ello, Antonio Lupiañez, envió a su mujer a comprar diez céntimos de sal de higuera, que aquella adquirió en el establecimiento de comestibles que en dicho barrio posee un señor apellidado Romero.

Como dicho señor se hallara ausente, el medicamento lo expendió una hija suya de unos diez y seis años de edad, llamada Eulalia.

Padre e hijo, dividieron la medicina en dos porciones, y diluida en un vaso de agua, ingirieron la pócima, bien agenos al efecto que había de producirles.

A penas transcurridos cinco minutos, tanto Antonio como su hijo José, fueron acometidos de agudos dolores, que no sabían explicarse.

El estado de ambos llegó a inquietar tanto a la esposa y madre, respectivamente, de los pacientes, que en previsión de mayores males, marchó en busca de un señor facultativo.

Momentos después, llegaba al Hipódromo el médico primero D. Balbín Coiduras, el cual tras reconocer a los enfermos, manifestó que se trataba de un doble caso de envenenamiento.

Esto último, lo comprobó más tarde, al examinar los restos del purgante que aquellos habían ingerido. Se trataba de una lamentable equivocación de la persona que imprudentemente vendió el medicamento. En vez de sal de higuera, había expendido sulfato de zinc.

Avisando al Juzgado
El doctor Coiduras, ante la gravedad del caso se apresuró a pasar a pasar aviso al Juez de guardia, que lo era el capitán de Caballería D. Manuel de la Alcazar, el cual se presentó a los pocos momentos en el lugar del suceso, acompañado del secretario, cabo del regimiento de Ceriñola, Luciano Vicente.

El Sr. Alcazar tomó declaración a José Lupiañez y a su madre, no haciendo lo propio con el cabeza de familia, en atención a la gravedad de su estado que le impedía hablar.

Desde la vivienda de la desgraciada familia el Sr. Alcázar se trasladó al establecimiento del Sr. Romero en donde habían expedido el purgante.

Como decimos anteriormente, el dueño de la tienda no pudo deponer en la sumaria que se instruye, por haber marchado a San Juan de las Minas en las primeras horas de la mañana.

Interrogada la joven Eulalia, bañada en lágrimas, manifestó lo ocurrido, así como las causas que originaron la equivocación, que ella es la primera en lamentar. Los recipientes en los que el Sr. Romero tenía depositada la sal de higuera y el sulfato de zinc, con idénticos y carecen de la correspondiente etiqueta. De ambos se incautó el Juzgado.

Este encaminó sus gestiones a averiguar si el Sr. Romero está autorizado para expender medicamentos.

Provisionalmente, quedaron en libertad los inconscientes autores del grave accidente que relatamos.

Las víctimas
A medio día, José Lupiañez se encontraba muy mejorado, gracias a los eficaces y rápidos auxilios que le prestó el Doctor Coiduras.

No otro tanto podemos decir de Antonio. Este, cuando nos retiramos del Hipódromo, se hallaba en un estado de postración tal, que hacía temer un funesto desenlace.

En el lugar del suceso, a donde acudió en los primeros momentos el jefe del Policía Sr, Alemán, se aglomeró numeroso público, entregándose a los más variados comentarios.

31 de mayo

Sobre los envenenamientos
Más detalles
Ayer visitamos a las víctimas del lamentable suceso, de que dábamos cuenta en nuestro último número, ocurrido en la casa núm. 13 de la calle del Guarda Marina Godínez del barrio del Hipódromo.

El joven José, se encuentra muy mejorando, si bien ayer tuvo que guardar cama por prescripción facultativa.

En cuanto a su padre, Antonio Lupiañez Sánchez, sin haber desaparecido la ravedad de los primeros momentos, ha experimentado notable alivio, habiendo desaparecido los temores de un funesto y próximo desenlace.

Sin embargo, no le fue posible prestar declaración en la sumaria que instruye el activo juez, capitán de Caballería señor Alcázar.

A presencia de éste, compareció ayer D. José Romero, dueño del establecimiento que expendió el purgante. El Sr. Romero goza de gran estimación en la plaza, por su laboriosidad y excelentes prendas de carácter.

Durante muchos años, estuvo dedicado a la venta de libros, periódicos y objetos de escritorio, en la misma casa donde hoy tiene la papelería el Sr. Guijarro, a quien traspasó el negocio el señor Romero para marchar a América.

Hace algunos años regresó a la plaza, explotando con bastante fortuna diversas industrias.

Tanto el Sr. Romero como su hija Eulalia, son los primeros en lamentar lo ocurrido, y así lo reconoce la familia Lupiañez, que ayer fue visitada por aquellos, prodigándoles palabras de consuelo.

Hacemos votos porque el sensible suceso que nos ocupa. No llegue a tener las graves consecuencias que se temió en un principio.

Otra historia de similares características:

1 de junio de 1912

Ingiriendo fósforos
Una que se desespera

En la calle de Méndez Núñez, del barrio del Hipódromo, habitan los esposos Tomás Rodríguez Benavente y Francisca Vega Martín, esta última natural de Fuengirola.

Según los vecinos, entre el matrimonio se suscitaban frecuentes altercados que terminaban por ausentarse de su casa el esposo, a donde regresaba pasados dos o tres días.

Según el marido, su mujer padece frecuentes ataques de enagenación mental. Lo cierto es que en la mañana de ayer, en ocasión de hallarse sola, Francisca Vega tomó una disolución de fósforos que había preparado de antemano.

Momentos después, al sentirse indispuesta, dio cuenta a los vecinos de lo que acababa de hacer, produciéndose en la citada calle la confusión que el de suponer.

En un coche fue trasladada Francisca al Puesto de Socorro, y como en dicho establecimiento no se le pudiesen prestar los auxilios que su estado requería, se la condujo en una camilla al Hospital Central, en donde fue asistida por los médicos de servicio.

El Estado de la desesperada mujer no era ayer tarde muy satisfactorio. Avisado el juez de guardia, que lo era el capitán de Caballería D. Sebastián Morales, procedió a las diligencias de rigor en estos casos.

Según nuestros informes, el marido declaró en el sentido que dejamos expuesto.