Melilla Hoy 23/10/2017
1 de junio de 2020, 22:32:30
Editorial

Carta del Editor


Estupidez, maldad y salvar Melilla

Por Enrique Bohóquez López-Dóriga

La ley de Brandolini: La energía necesaria para refutar una estupidez es mucho mayor que la que se requiere para formularla. Por eso triunfan la estupidez y su inevitable compañera, la maldad. Ejemplos en Melilla hay muchos.


La ley de Brandolini: La energía necesaria para refutar una estupidez es mucho mayor que la que se requiere para formularla. Por eso triunfan la estupidez y su inevitable compañera, la maldad. Ejemplos en Melilla hay muchos.

Escribía Pedro Voltes en su “Historia de la estupidez humana”, publicada en 1999, que “los presuntos representantes de las clases proletarias han demostrado, en los últimos tiempos, que a la hora de gobernar no son ni más racionales ni más efectivos que sus antecesores, los burgueses o los nobles” y añade, recordando al italiano Carlo Cipolla: “en el mundo industrial moderno, el lugar de las clases y las castas lo ocupan hoy los partidos políticos, la burocracia y la democracia” y el resultado es que “en el seno de un sistema democrático, una fracción de personas que votan son estúpidas, y las elecciones les brindan ocasión de perjudicar a todos los demás, contribuyendo al mantenimiento del nivel de estúpidos entre las personas que están en el poder” ... y “el estúpido es el tipo de persona más peligroso que exista, más peligroso que el malvado”, si no es que estupidez y maldad suelen andar de la mano, o sea, los estúpidos acostumbran ser, además, malos. Y hay numerosos ejemplos, próximos (Melilla) y remotos, que avalan esa dupla estupidez-maldad, ¿verdad?
Algunos ejemplos de esa mezcla estupidez-maldad y de lo peligroso que es manifestarse y actuar contra eso: el Trienio Liberal, la recuperación de la Constitución de 1812, que empezó con el pronunciamiento del teniente coronel Rafael del Riego el 1 de enero de 1820 contra el felón y tirano Fernando VII y que relató Benito Pérez Galdós en “La segunda casaca”, dentro de los Episodios Nacionales, pronunciamiento que terminó con la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis y la ejecución de Riego.

Otro ejemplo: lo del incremento del gasto público inviable y de la propaganda como principal y casi único programa gubernamental. El editorial de ABC del 29 de febrero, resumía que “las fantasías contables del Gobierno, insostenibles y denunciadas por Bruselas, son un simple reclamo para sus caladeros electorales y una amenaza cierta al conjunto de la sociedad”. Son una malvada estupidez.
“Mesa Potemkin”, definía Daniel Gascón en El País, comentando las andanzas del presidente Pedro Sánchez y su “diálogo” con los separatistas golpistas, los pasos de determinadas instituciones del Estado y cómo las promesas irresponsables se convierten en oportunidades para el victimismo, el eterno recurso de los catalanes separatistas. La mesa de diálogo Gobierno-Generalidad “no puede solucionar la crisis”. No puede solucionar nada, en resumen. Excepto engañar a parte de los españoles y, así, llegar al poder y mantenerse en él.

Un último ejemplo, entre otros muchos: lo del coronavirus que no para, que es omnipresente...en las televisiones. Los que mandan en ellas y los que mandan en los que mandan -el poder político directo e indirecto- han encontrado, con el virus chino, un filón para evitar que se hable, siquiera que se piense, de lo mal que, en general, lo hacen, de la podredumbre moral e intelectual que demuestran, de la corrupción que promueven, de su estupidez malvada. No hay nada tan eficaz, para los que viven a costa de los ciudadanos y de la autopropaganda -pagada por los demás-, que asustar masivamente con peligros etéreos, apocalípticos, universales, que hagan olvidar los problemas diarios, las angustias cotidianas, las injusticias rampantes, los impuestos asfixiantes y un largo etcétera de abusos. Quizás, pensándolo bien, “el virus del gasto”, como lo define José Ramon Rallo, es peor para la mayoría de los ciudadanos y su cotidiano vivir que el coronavirus, por ejemplo.
¿Cómo intentar salir de este clima de manipulación estúpida y malvada, en la que, por ejemplo, el que afrenta, abusa y daña se convierte en acusador de los afrentados y dañados? Quizás recordando, como es mi caso, que no hay dicha mayor que la de encerrarte en tu biblioteca, como hizo Montaigne, que así, aislado y pensante, nos dejó frases tan inteligentes como la de que “a nadie le va mal mucho tiempo sin que él mismo tenga la culpa”. Eso creemos.

Posdata
Nunca pasa nada...hasta que pasa. La Guerra Civil española es un ejemplo: era imposible una guerra civil en nuestro país... hasta que se produjo. Lo de Alemania y Hitler es otro: como cuenta el gran Stefan Zweig en su “El mundo de ayer”, concretamente en el capítulo “Incipit Hitler”, ni él, un intelectual de primer nivel que vivía en Salzburgo, a dos horas y media de Munich en tren, sabía que Hitler existía, pero Zweig, defendiendo que “la libertad individual era lo más importante del mundo”, se vio forzado, pocos años más tarde, a abandonar su casa familiar y pasar todo tipo de exilios -que terminó sin poder soportar y llevándole al suicidio en Brasil- ...y Hitler desencadenó la II Guerra Mundial. Casi nadie, políticos incluidos, -yo soy una de las excepciones- creía que Melilla pudiera llegar al estado de hundimiento económico, social y político (lo del llamado tripartito está siendo la puntilla para la ciudad) en el que hoy se encuentra... pero ya se encuentra en tal estado.

La propuesta al PSOE del PP de Melilla, vía Miguel Marín, de llegar a un acuerdo de Gobierno como en el año 2000, cuando era presidente Aberchán, puede ser acertada en este momento y en esta situación, aunque las posibilidades de concretarse sean pocas. Lo que es evidente es que el actual Gobierno, presidido por De Castro y transcurridos nueve meses desde su toma de posesión, ha demostrado que es incapaz de salvar Melilla.
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