Melilla Hoy 23/10/2017
21 de septiembre de 2019, 1:01:13
Sucesos


La terrible riada de Averroes cumple hoy veinte años en el recuerdo de los melillenses

De aquel día en el que perdieron la vida once personas sólo queda en pie el depósito siniestrado para el que se busca utilidad

Por Jesús Andújar

"El ruido", el tremendo ruido de los veinte millones de litros de agua deslizándose ladera abajo desde los depósitos de Cabrerizas en dirección a la indefensa barriada de Averroes, es el recuerdo que guardan quienes vivieron hace veinte años la terrible riada que acabó con la vida de once personas, entre ellas una madre embarazada con sus dos hijos, y que ocasionó pérdidas millonarias y más de 600 damnificados. De aquel desastre que conmocionó Melilla sólo queda, además del recuerdo, la imagen fantasmagórica del depósito desdentado para el que se sigue negociando con Defensa y la Confederación Hidrográfica qué nueva utilidad darle, aunque será difícil olvidar lo que representa.


Veinte años han pasado desde aquella aciaga mañana del 17 de noviembre de 1997. El barrio de Averroes arrasado por el agua se demolió hace más de quince años y en su lugar se levanta una nueva urbanización con el mismo nombre. De la torrentera por la que discurrió el agua tras escapar de las paredes de hormigón del depósito no queda nada, puesto que su lugar lo ocupa una calzada amplia y asfaltada de varios carriles que conduce a los melillenses desde Cabrerizas hasta la barriada de Tiro Nacional (lugar al que fueron trasladados los damnificados casi en su totalidad), la nueva Averroes y, calle abajo, García Cabrelles. Pero sigue en pie el peor de los fantasmas, el macabro esqueleto del propio depósito que parece mantener abierta al infinito, a modo de boca tétrica y desdentada, el lugar por el que reventó la pared de hormigón y escapó la ola mortal.

Siniestro
Precisamente ese es el recuerdo que mantienen en sus cabezas los antiguos moradores del barrio de Averroes. El sonido de una detonación y seguidamente, un tremendo y ensordecedor ruido seguido de una ola oscura cayendo sobre sus cabezas. Los testigos relataban el pánico que se adueñó de todos ellos cuando vieron precipitarse sobre sus casas aquella masa de agua y barro. De nada sirvió que corrieran, porque la cortina de agua se llevó con furia cuanto pudo a su paso y continuó, embravecida por la pendiente que le facilitaba el tránsito, en dirección a García Cabrelles.

Arrancó muros, como el del Comedor San Francisco en el que una de las trabajadoras perdió la vida, entró en el Colegio Mediterráneo y arrolló a viandantes y vehículos como si de juguetes se tratara. Los alumnos de Educación de Adultos, en el Centro Mezquita, fueron testigos privilegiados desde el piso superior de cómo la ola de agua sucia y lodo de cuatro metros de altura iba perdiendo altura a medida que avanzaba por la estrecha calle y arrastraba cuanto encontraba a su paso. La riada, ya con menos fuerza, continuó su tétrico recorrido por la Avenida hasta morir en la Plaza de España, sembrando el pánico entre los transeúntes que se lanzaron a la carrera buscando refugio.

El desconcierto general fue mayúsculo. Nadie sabía qué había ocurrido, de donde venía esa riada cuando el sol castigaba con fuerza esa jornada otoñal. Los teléfonos, tanto los fijos como aquellos aparatosos primeros móviles, estaban inoperativos. Nerviosismo, impotencia, preocupación y miedo fueron los sentimientos compartidos por todos los melillenses, ansiosos por tener noticias de sus familiares y saberlos a salvo. Entre tanto, en Averroes y en García Cabrelles se vivían los peores momentos. Personas desaparecidas, vehículos amontonados unos encima de otro y barro, mucho barro por todas partes.

La rotura del depósito de agua de Cabrerizas produjo once víctimas mortales, entre ellas dos menores (una niña de once meses y un niño de cuatro años) y su joven madre, embarazada de ocho meses y con 23 años de edad, y 600 damnificados además de cuantiosos daños materiales cifrados en más de mil millones y medio de las antiguas pesetas (más de seis millones de euros). Los vecinos de Averroes tuvieron que abandonar sus viviendas y trasladarse, algunas, al Centro Asistencial hasta que pudieran volver a sus hogares, algo que no se produjo nunca puesto que el barrio, aquejado desde el principio de problemas y grietas, fue demolido tres años después. A lo largo de los días posteriores se vivieron momentos dramáticos con el entierro de las víctimas. Cientos de melillenses arroparon los sepelios y acompañaron a las familias en tan duros momentos. Incluso la familia real, en este caso concreto la infanta Cristina y su marido Iñaki Urdangarín, se desplazaron a la ciudad para participar en un acto ecuménico organizado en memoria de las víctimas y en el que se dieron cita todas las comunidades.

El 17 de noviembre de 1997 vistió a toda una ciudad de luto y el recuerdo de ese río de muerte seguirá marcando la memoria de cuantos vivieron tan dolorosa y dantesca mañana.

El futuro del depósito
El consejero de Medio Ambiente, Manuel Ángel Quevedo, apuntaba ayer a este Diario, que los depósitos siniestrados se sitúan sobre terrenos que son propiedad de la Confederación Hidrográfica, de Defensa y de la propia Ciudad Autónoma, por lo que para poder hablar del futuro del inmueble, resulta albo complicado, porque "se trata de desbloquear una situación muy compleja desde el punto de vista administrativo". La Ciudad Autónoma tiene interés en "que se puedan dedicar a almacenes generales y parque móvil". No podrá albergar oficinas porque se encuentra en la zona de influencia del polvorín. En cualquier caso, "es algo en lo que estamos trabajando". Confía que con la nueva administración de la Confederación Hidrográfica se pueda desbloquear la situación.

De la rotura de depósito de hace veinte años, recuerda que por aquel entonces se encontraba como arquitecto controlando el desarrollo de la construcción de Tiro Nacional. Del siniestro, señaló que "fue una desgracia tremenda que esa plancha de hormigón del depósito saliera flotando y cortara los pilares de las plantas bajas de Averrores, produciendo aquellas muertes tan tremendas". "Aquello fue algo muy duro y fue una época que, unida al accidente aéreo al año siguiente, fue muy triste para todos".



Ningún procesado fue a la cárcel
La acusación y la defensa del juicio iniciado a raíz del siniestro alcanzaron un acuerdo en el año 2004 por el que los responsables del depósito de agua -ocho ingenieros de Fomento de Construcciones y Contratas, la empresa Forvap y la Confederación Hidrográfica del Sur- aceptaron ser condenados a una pena de 11 meses de prisión y 14 de inhabilitación para cada uno, aunque ninguno ingresó en prisión por carecer de antecedentes penales.

El fiscal y la acusación pedían cerca de once millones de euros de indemnización para los perjudicados pero las contraprestaciones económicas a los 600 damnificados fueron asumidas por las aseguradoras dentro de los límites de sus pólizas. El Ministerio de Medio Ambiente asumió la responsabilidad patrimonial a la espera de que la vía judicial depurase todas las responsabilidades. El ministerio entregó casi cinco millones de euros para cubrir los daños que sufrieron los damnificados, familiares de las víctimas, vehículos, enseres, lesiones personales, daños en locales y en organismos públicos.

Tras el siniestro Melilla fue un ejemplo de solidaridad y unión durante esos duros momentos de la riada y en las jornadas posteriores. Todo el mundo aportó lo que pudo, ya fuese un hombro para retirar escombros en la búsqueda de víctimas, o su apoyo moral e incluso económico a las familias afectadas.

"Fue uno de los peores momentos de la Melilla moderna"
El presidente de la Ciudad Autónoma, Juan José Imbroda, afirmó ayer a MELILLA HOY, que 1997 "fue un año aciago para Melilla, porque la rotura del depósito fue uno de los peores momentos vividos en la Melilla moderna". "Resulta incomprensible lo ocurrido con esa obra y que produjera aquellas pobres víctimas. Fue un hecho muy lamentable y doloroso. Fue un momento muy luctuoso para la ciudad y esperemos que esto no vuelva a ocurrir".

Recuerda que aquel día se encontraba con su esposa junto a la antigua sede de Hacienda en López Moreno cuando vio aparecer al final de la calle Castelar a un grupo de centroafricanos que corrían gritando ¡agua!. Junto a su mujer subió al edificio y desde las ventanas pudo ver lo que ocurría. "Vimos el destrozo y me fui para el polígono para echar una mano. Por el camino vi los destrozos y también algunos cadáveres. Fue lamentable", dijo. Recuerda también el acto ecuménico que unió a los melillenses para rezar por las víctimas y mostró su deseo porque este tipo de hechos no vuelvan a darse. "Vivimos un momento enorme de dolor pero afortunadamente han pasado veinte años y aunque queda el recuerdo doloroso, Melilla está ya en otras perspectivas de futuro", indicó.
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