www.melillahoy.es

El rincón del Libro

El hombre que abraza a los árboles y Luces en el Canal, dos propuestas de literatura para jóvenes

Manuel Quiroga Clérigo

lunes 11 de febrero de 2019, 04:00h
El hombre que abraza a los árboles y Luces en el Canal, dos propuestas de literatura para jóvenes
EL HOMBRE QUE ABRAZABA A LOS ÁRBOLES. Autor: Ignacio Sanz.(XXIV
Premio Ala Delta) Edelvives, Zaragoza, 2013, 135 págs.

Antes de comenzar el comentario hemos de decir, cosa que suelen omitir muchos críticos, que las ilustraciones de “El hombre que abrazaba a los árboles” son una preciosa creación de Ester García. Y esto lo anotamos porque vivimos en un mundo desagradecido donde los traductores, secretarios de los políticos, azafatas de congresos y de aviones e ilustradores de libros apenas son tenidos en cuenta cuando su trabajo es tan importante, a veces más, que el de los escritores, novelistas, políticos o comandantes y directores de los actos institucionales.
LAS EDITORIALES EDELVIVES Y SM PREMIAN LA LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL


Y ahora hemos de recordar que Ignacio Sanz se qué se ha basado para escribir esta memorable historia, que no en vano ha recibido el XXIV Premio Ala Delta de Literatura Infantil, del Grupo Editorial Luis Vives, más conocido en estos ámbitos como Edelvives, por lo cual vaya nuestro aplauso como agradecimiento en nombre de los niños lectores, educadores, maestros y profesores, padres y adultos en general pues promover la lectura desde los primeros años nos parece algo del mayor interés. Si hubieran leído de pequeños algunos de los histéricos mandamases del mundo tal vez no habríamos llegado a esta crisis de valores, monetaria y cultural, y no vamos a dar nombres, aunque tengamos una lista en la caja fuerte para darla en cualquier momento.

Pues Ignacio Sanz, Sociólogo, poeta, narrador oral y segoviano nacido en 1953, ha apuntalado su libro en un interesante trípode: su hijo Adrián, al regresar de Londres en 2011, publicó en El Adelantado de Segovia un artículo destacando la inédita belleza del viejo olmo del Paseo Nuevo, de la ciudad del Alcázar; Claudia de Santos, a la sazón madre de Adrián, comentó a Ignacio que un hachero de Valsaín llamado Pepe Fraile había salvado de su muerte vegetal al citado olmo en 1982 y Juan Andrés Saiz Garrido escribió un libro titulado “Los Gabarreros”, esos héroes anónimos que cuidan los árboles de El Espinar y aprovechan, casi viviendo de ello, aquellas ramas o madera que no es imprescindible para la subsistencia del bosque. Y aquí entran en escena los personajes de este libro de Ignacio Sanz, que son nada menos que Felicidad, una divina niña que quiere ser guardabosques y un amable viejecito, casi transmutado en abuelo no carnal, llamado Marcial, un viejo leñador que pacientemente va mostrando a la niña un universo repleto de interés y novedades.

Es que Marcial ha vivido en Canadá y ha estado entre las magníficas secuoyas, en los bosques de arce, que es la flor nacional de aquel país que incluso figura en su bandera y también en los pueblos de Piñares, donde viven ambos, Felicidad y Marcial. Otros personajes como los padres de la niña, Roberta la vaca y la antigua novia de Marcial, del mismo nombre, por ejemplo, son comparsas de una historia donde lo que importe es el valor que el vejete va dando a todos y cada uno de los momentos en que vive con la curiosa niña, a la cual enseña a conocer el monte, conocer los árboles, respetar la naturaleza y conocer a sus habitantes. Eso a veces llega a crear algún problema a Felicidad como cuando se empeña en considerar aves o pájaros a las ardillas voladoras, aunque la presencia de Marcial en el colegia aclara este y otros conceptos.

Pero también aparecen los picapinos, uno de ellos disfrazado de hombre, los feroces osos canadienses y las urracas parlanchinas, de escaso diálogo pero de buen saque para dar cuenta de las tortillas caseras. Con estos mimbres, y alguna sorpresa que otra que deberán ir descubriendo los lectores Ignacio Sanz nos ha ofrecido una deliciosa historia, bien tramada por quien, con este lleva publicado unos cincuenta y tantos libros como “El pinsapo de la plaza” y esa delicia (casi) lírica titulada “Cómo como” y que obtuvo este mismo premio Ala Delta en 2010 con aquella maravillada comedia infantil “Una vaca, dos niños y trescientos ruiseñores”, retrato del poeta Huidobro en viaje hacia este Nuevo Mundo y sus peripecias para atender a una familia tan amable como repleta de ironía y gracia. Pues eso, que gracias Ignacio, por permitirnos a todos transitar por esos senderos donde la metáfora, la ironía y los afectos tienen su mejor expresión.

LUCES EN EL CANAL. Autor: David Fernández Sifres (Premio Barco de Vapor) SM, Madrid, 2013,
Es de aplaudir, y más en estos tiempos de usura mercantil, el que sigan existiendo editoriales empeñadas en descubrir nuevos talentos y, además, publicar sus obras. El que, por ejemplo SM, lo haga a través de la concesión de premios de larga trayectoria, y con suculenta remuneración, es además un buen añadido. En este caso nos vamos a referir a dos interesantes títulos para el público más joven, estos lectores juveniles generalmente ávidos de obras sorpresivas y de libros donde la fantasía, la concordia y los afectos tengan su mejor cabida.

El último Premio El Barco de Vapor es la obra de David Fernández Sifres, que confiesa haber escrito en Villaturiel (León) en el verano de 2012 quien es un escritor de todavía escasa obra pero que en “Luces en el canal”, con preciosas y muy adecuadas ilustraciones de Puño, nos deja una historia con su dosis de misterio y donde imperan varios valores, uno y muy principal es el la amistad, otro sería el del tesón. Estamos ante un extraño hombre que tenía una barca llamado Jaap Dussely que vivía, con su esposa, al lado de uno de los canales de Ámsterdam. Otro protagonista es Frederick, un jovencito que ha perdido una pierna debido a un accidente con su bicicleta. Luego está la madre de éste, tal vez demasiado celosa en preservar la integridad física del niño y, con ello, un poquito desconfiada de cuanto pueda sucederle.

Para ello quiere tenerle cerca, no quiere ni oír hablar de bicicletas y se muestra reacia a que su hijo viva en la libertad de los muelles. Pero todo va a discurrir por cauces algo diferentes. Frederick observa a Jaap y ve que muchas veces pesca cosas diferentes a los peces. Llegan a entablar cierta amistad y el vejete facilita que se cumplan una de las ilusiones del niño, que aquí no vamos a desvelar, aunque luego la madre del muchacho echa por tierra esa ilusión. Pero, pese a ello, todo se va desarrollando de sorpresa en sorpresa.

Y ciertamente algunas de esas sorpresas son enormes, con intervención de la policía, con dudas sobre la conducta de Jaap, que luego se demuestra noble y hasta intachable y con una aventura muy especial que dice mucho del valor del viejo y de su esposa y de la capacidad del ser humano para adaptarse a las circunstancias cambiantes de la existencia y no dejar de lado el deseo innumerable de ser felices. Así es como se van a ir conociendo los misterios del pescador, que nadie habría adivinado pero donde, ay, la sociedad a veces confunde un poquito las acciones o actitudes de quienes creen obrar bien y lo hacen, además, en beneficio de los que menos tienes, de quienes necesitan su aprecio o su estimación. Así que todo se transforma en una bella historia de pescador, niño que quiere ser libre, bicicletas y ¡cigüeñas!.

Pocas veces nos es dado leer libros con tantos resortes imaginativos, con tanto colorido humano, con tantas historias añadidas a la historia principal. Leer este volumen de El Barco de Vapor será, para jóvenes y no tan jóvenes, una oportunidad de encontrarnos a nosotros mismos. Que así sea.

Manuel Quiroga Clérigo