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El perfil del menor que entra a Melilla es el de un marroquí de 17 años que busca el permiso de residencia

Presentación del equipo de educadores de calle en 2018
Presentación del equipo de educadores de calle en 2018

Es una de las conclusiones que arroja la memoria del programa de educadores de calle que entre los meses de junio a diciembre ha atenido a 5.184 menores

miércoles 13 de marzo de 2019, 04:00h
El perfil tipo de los menores marroquíes que acceden a Melilla es de un adolescente alrededor de 17 años, que cruza la frontera con su documentación y acompañado por algún progenitor con el fin de pasar los últimos meses hasta su mayoría de edad en un centro de acogida de la ciudad, para documentarse con la tarjeta de residencia, según recoge la memoria del programa de educadores de calle que entre los meses de junio a diciembre de 2018 ha atendido a 5.184 menores y 1.480 adultos en situación de calle.
El programa de educación de calle de la Consejería de Bienestar Social, que realiza un equipo de 6 técnicos y 11 auxiliares, a lo largo de todos los días de la semana, se considera “pionero en nuestro país y probablemente en Europa”, según la memoria presentada. El programa se puso en marcha en mayo de 2018 con el objetivo principal de atender a los menores que llegan a nuestra ciudad “pasando la frontera a través de múltiples métodos”.

Perfil
El informe recoge que los jóvenes tienen edades muy variadas, “siendo la mayoría de ellos de entre 16 y 17 años que manifiestan venir a nuestro país a ‘buscarse la vida’, unos de forma voluntaria y, en otros lo hacen alentados por su propia familia”. Por tanto, se trata más de un fenómeno de “inmigrantes económicos” que de “menores en situación de desamparo”, manifiesta.

La principal razón que esgrimen los menores para rechazar su ingreso en un centro de acogida es que su objetivo principal es "hacer risky" a diario, es decir, intentar colarse como polizones en un barco, con destino a la península. “Los menores tienen la creencia de que fuera de la ciudad, se les brindará mejores posibilidades que en Melilla”, recoge el informe. Otras de las razones que alegan para explicar su rechazo a formar parte del sistema de protección, es la negativa al cumplimiento de normas y límites en los centros de protección.

Se asegura también que la mayoría de menores que viven en situación de calle, tienen problemas de consumo, sobre todo de sustancias volátiles y cannabis, y en menor medida, de alcohol, y otros psicotrópicos (conocido entre los menores como “karbuki”), anfetaminas, etc.

Estos problemas, entre otros, “les lleva a no querer ingresar en los centros de acogida, ya que su estilo de vida, a menudo adquirido desde muy pequeños, los convierte en sujetos incapaces de aceptar llevar una vida normalizada y con horarios y normas que cumplir”.

Manifiesta la memoria que el perfil de los menores que entra en la ciudad es muy variado pero “uno a destacar es el de adolescentes de alrededor de 17 años, con familia, que cruzan la frontera con su documentación y acompañados por alguno de sus progenitores, con el fin de pasar los últimos meses hasta su mayoría de edad en un centro de acogida de la ciudad, para documentarse con la tarjeta de residencia. Su idea y la de sus padres, es que así obtendrán la documentación una vez cumplido los 18 años”, apunta.

Intervención
Los diferentes miembros del equipo educativo han utilizado diversas herramientas para favorecer el clima de confianza, tan necesario para su trabajo y entre las más utilizada se encuentra el debate, la reestructuración cognitiva, la escucha activa, el apoyo social, acompañamientos, relatos autobiográficos...,también, actividades de ocio y deportivas, ya que “logran crear un ambiente distendido, en el que los menores se relajan y se abren a compartir sus pensamientos y sentimientos con el equipo”.

Además, los equipos también trabajan “arduamente para llevar un control del estado, tanto físico como psicológico de los menores, ya que las condiciones tan extremas en las que se encuentran como desnutrición, condiciones climáticas adversas, abusos de sustancias, etc., hacen, a menudo, que tengan diferentes problemas de salud. Tanto los educadores como los auxiliares, controlan, valoran, derivan y/o acompañan, tanto a la enfermera del equipo como a los diferentes centros sanitarios, a los menores que se puedan ver afectados por algún tipo de enfermedad, infecciones o heridas, con el fin de mitigar en todo lo posible, las consecuencias negativas derivadas de su situación de calle.

Entre los meses de junio a diciembre de 2018, que es el periodo que recoge la memoria, se ha intervenido con un total de 5.184 menores y 1.480 adultos. Durante este tiempo, se han registrado 411 ingresos en los centros de protección, tanto de forma directa como a petición de la policía local.

Se han realizado 2.717 intervenciones con menores en situación de calle y 3.323 adultos en la misma situación. Los educadores han realizado 196 llamadas a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado que han generado 158 intervenciones policiales. En estos meses del estudio se han realizado 116 atenciones sanitarias, entre la enfermera del grupo, atención en ambulancia y en el hospital Comarcal.

Además de intervenir con los menores en situación de calle, el equipo también trabaja a diario con los menores que se encuentran de alta en los diferentes centros de acogida de la ciudad, con el fin de evitar que causen futuras bajas. “Se interviene para que siguen en una buena línea de actitud y para que no se rodeen de otros menores que los puedan mal influenciar. La cantidad de menores en situación de calle oscila entre los 85/100 menores”, señalan.

Un trabajo continuo
El profesional es el que “busca” a la población diana y se “acerca” a su entorno, que en este caso concreto es la calle, los barrios. Es decir, el educador de calle acerca la “institución” a la población diana, ya que esta rechaza acceder a ella de forma normalizada. Entre los objetivos se encuentra conocer la historia de vida de los menores y jóvenes que se encuentran en la calle, realizar intervenciones directas y prevenir a los mismos de los peligros que conllevan la vida en la calle, y para ello ha sido necesario entrar en el “mundo” en el que estos jóvenes y adolescentes se mueven.

Los equipos, organizados en grupos de dos personas cada uno, y compuestos por un educador y un auxiliar, han estado realizando sus intervenciones en tres zonas diferentes de la ciudad, donde existe una mayor afluencia de niños y jóvenes: Avenida y calles transversales; en el Industrial incluyendo el Paseo Marítimo y El Real, que comprende todo el barrio hasta las casetas de la Playa de la Hípica.