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El rincón de Aranda

 Dos formas de rendir honores

Dos formas de rendir honores

 Dos formas de rendir honores

Juan J. Aranda

miércoles 19 de junio de 2019, 04:00h


El “Mecenas”, como llamo yo llamo a un buen amigo, me ha enviado un wasap con la historia, en síntesis, del Tte. médico, Rogelio Vigil de Quiñones y Alfaro, héroe de Baler (“Últimos de Filipinas”), descubridor del “Beriberi”, enfermedad que acabó con la vida de 12 soldados que estaban sitiados en la Iglesia San Luís de Tolosa, en Baler, en la isla de Luzón. Saturnino Martín Cerezo comentaba que el descubrimiento de Vigil de Quiñones, con el que tenemos una deuda histórica a día de hoy, acabó con la enfermedad que consumía a aquéllos Héroes, de cuyo asedio final se cumplió el 2 de junio 120 años, con un destacamento militar español, de 50 hombres, entre el 27.06.1898 y 2.06.1899. A pesar de su inferioridad lograron que, durante 337 días la bandera española ondease en el campanario, enfrentándose a las enfermedades, hambre, desesperación y muerte, y las
 Dos formas de rendir honores
Acometidas del enemigo, muy superior en número. Los sitiados pertenecían al Bon. Cazadores Expedicionario n.º 2, un efectivo de Admón. Militar con 2 componentes de la 4ª Brigada de Sanidad Militar, que fueron en gran medida responsables del logro de una de las mayores hazañas de nuestro Ejército. Además de participar en los combates y de carecer de medios, el Tte. médico, y el sanitario Bernardino Sánchez Caínzos, ejercieron una gran labor, atendiendo a heridos y a enfermos de la epidemia del “Beriberi” que asoló la pequeña guarnición.

Como saben el “Beriberi”, es una enfermedad causada por la carencia de vitamina B1 (tiamina). Sin tiamina nuestro metabolismo no convierte la metabolización de los alimentos en energía, careciendo nervios y músculos de lo necesario para su funcionamiento. Si tras la aparición de los primeros síntomas no se realiza aporte vitamínico en la dieta del paciente, sobrevendrán cuadros de extenuación extrema y parálisis de miembros, llegando a resultar letal. Actualmente conocemos sus causas y tratamientos, pero en aquellos días constituía un misterio. Vigil de Quiñones, licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad de Granada, y médico rural durante 11 años en el alpujarreño valle de Lecrín, y a pesar de padecer él mismo esa epidemia, que acabó con 12 compañeros, y recibir una herida grave de proyectil en la parte superior de la región lumbar, que cosida por él mismo con ayuda de un espejo, asistió permanentemente a los sitiados haciéndose trasladar de enfermo a enfermo sentado en una silla ante la imposibilidad de mantenerse en pie. Pero además de realizar este esfuerzo sobrehumano digno de un médico militar sin igual, fue pionero a nivel mundial al establecer la relación entre alimentación y “Beriberi”, lo que constituyó una clave fundamental para la salvación del destacamento. A primeros de diciembre, cuando 15 defensores padecían la enfermedad, y 11 habían fallecido, observó una leve mejoría en su caso, tras consumir algunas hierbas que crecían alrededor de las trincheras y, a su vez, un rápido empeoramiento al eliminarlas de su dieta, debido a un mayor ataque del enemigo.

Consciente de su gravedad, la noche del 13.12.1898 llamó a su compañero de fatigas, el 2º Tte., Saturnino Martín Cerezo, que entonces era jefe de la defensa, le expuso su descubrimiento y lo crítico de situación: “Martín, yo estoy muy mal. Si pudiesen traer algo verde de fuera quizá mejoraría, y como yo, estos otros enfermos”. El fracaso del golpe de mano supondría el final de los defensores. Si bien todos los que podían mantenerse en pie se presentaron voluntarios, se asignó la misión al cabo José Olivares y los diez soldados en mejores condiciones físicas. En torno al medio día del 14, el cabo con 9 soldados del Bon. Expedicionario, y de Marcelo Adrián, de Admón. Militar, abandonaron la iglesia. Uno a uno, sigilosamente, salieron a través de la gatera que comunicaba la sacristía con la trinchera lateral. Tras tomar posiciones, protegieron las operaciones del soldado encargado de iniciar el fuego. Mediante una caña y trapos impregnados en petróleo y la ayuda del viento el fuego comenzó a extenderse y la partida avanzó para consumar mayor daño al enemigo. Antes de que este pudiese reaccionar todos los bahay (viviendas de caña y nipa) junto a la iglesia, estaban en llamas, alcanzando la primera línea de trincheras enemigas, que era la más perniciosa para nuestros soldados.

El médico, sabedor del significado del logro de la misión, como agradecimiento regaló al cabo Olivares el célebre reloj que marcó las últimas horas del Imperio español: un sencillo aparato de cadena marca “Cyma” que retornó a la familia del doctor en 1946 y del que podemos disfrutar, entre otras piezas, en la exposición hasta el 30 de junio en el Museo del Ejército, en Toledo.

Cuando las vanguardias tagalas fueron retrasadas, los españoles dispusieron de un perímetro despejado de 200 metros alrededor de la posición, permitiendo abrir las puertas de la iglesia, cerradas desde el comienzo del asedio, con la entrada de luz y aire fresco. Con ello se pudo sanear el recinto y realizar incursiones por los parajes cercanos para obtener hierbas y pequeños animales que complementaron la dieta de los sitiados. Estas medidas, además de permitir prolongar la defensa durante meses, fueron garantes de la salvación de los enfermos y de todo el destacamento.

La heroica, y trascendental, labor de Vigil de Quiñones, fue objeto de juicio contradictorio para dilucidar si era merecedor de la Laureada de San Fernando; pero sorprendentemente, en contra del dictamen final del juez instructor que ratificó, acorde al caso 69 del art. 25 Ley de 18.05.1862, cumplía todos los requisitos instados a los miembros de Sanidad Militar, aunque lo cierto es que su ingreso en la Real y Militar Orden jamás se llevó a cabo.

Pienso que ahora es el momento de subsanar una deuda histórica que mantenemos con un pionero de nuestra Sanidad Militar que sirvió heroicamente a España en tres continentes. La dieta del destacamento, que se refugiaba en la Iglesia de Santo Tomás de Tolosa, en Baler, carecía tanto de carne como de vegetales, basándose solamente en la ingesta de arroz sin cáscara, lo que provocó la citada enfermedad. (Dice el autor).

Por otra parte creo que es merecido que se sepa, que el ejército de Filipinas, cada 2 de junio rinde honores a nuestros valientes soldados que tras casi un año de asedio en la Iglesia de Baler, rindieron con honor la posición que tenían encomendada. Creo que en los momentos de rendición, las tropas filipinas formaron en orden de parada para rendirle el merecido homenaje a nuestros soldados que se rendían, agotados, enfermos y depauperados, desfilando marcialmente con orgullo ante sus sitiadores. Todo lo contrario de lo que ocurrió en julio de 1921, en Monte Arruit, cuando nuestras tropas desarmadas, con la promesa de respetarlas, junto a enfermos, heridos, que se rendían al representante del cabecilla Abdelkrím, en vez de formar sus tropas para rendirles los honores que merece un enemigo que se rinde, como hicieron los filipinos en Baler, esa chusma comenzó a masacrar cobardemente, asesinando con vileza a los soldados, algunos moribundos, que iban saliendo de la posición; que como digo todos desarmados y extenuados, algunos llegados de otras posiciones. Existen fotos de la explanada de Arruit, donde se pueden observar los restos de los cadáveres de esa cruel masacre que llevaron a cabo la caterva de rifeños, al mando del que una vez fue amigo de España, que lo nombró: Kadi Kedia (Juez de Jueces).