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El Alto Comisario General Berenguer, y su cuartel general, ante el cadáver del teniente coronel 
Primo de Rivera, después de su identificación
El Alto Comisario General Berenguer, y su cuartel general, ante el cadáver del teniente coronel Primo de Rivera, después de su identificación

Los combates de Casabona y la gloriosa muerte del teniente del Tercio Martín Penche Martínez (I)

José Antonio CANO MARTÍN

domingo 02 de febrero de 2020, 04:00h
Los combates de Casabona y la gloriosa muerte del teniente del Tercio Martín Penche Martínez (I)
Inicio de la Reconquista del territorio, tras el Desastre de Annual

En este año de 2020 se cumple el centenario de la creación del Tercio de Extranjeros motivo por el cual este y siguientes trabajos serán conmemorando a los heroicos legionarios que dieron su vida por la Patria.

Hechos de Armas que dieron prestigio y renombre al Tercio de Extranjeros, hoy denominado La Legión

El General Berenguer (Alto Comisario) había llegado a Melilla a las once de la noche del 23 de julio de 1921, día después de los sucesos de Annual, en el momento que los rebeldes tomaban por asalto nuestras líneas avanzadas y las posiciones del Kert empezaban a ser amenazadas. Por otra parte, tampoco se tenían noticias concretas de la situación en esas posiciones, ya que los jefes de la antigua Guelaya, sometida, vacilaban en sus manifestaciones de ayuda a nuestra causa. La amenaza pesaba ya sobre la misma Plaza indefensa, desarticulada, desguarnecidos sus fortines y algunos desmantelados hacia largos años, desde cuando se creyó consolidada la situación de aquella región tan adicta a nosotros.

Las noticias que me comunicaba el Jefe del Estado Mayor de la Comandancia General tampoco eran consoladoras, escribe el Alto Comisario en su libro “Campañas en el Rif y Yebala (1921-1922)”. Por todas partes se hundían nuestras líneas. Mi primera intención que comuniqué al citado jefe, de fortalecer con los primeros refuerzos la línea del Kert, encontraría el principal obstáculo en la misma cábila de Guelaya.

Nada más llegar, el General Berenguer sostuvo una conversación telefónica con el Ministro de la Guerra en la que le comunicaba sus primeras impresiones, naturalmente aún imprecisas y fragmentarias, expresándose así: «En estas condiciones y al tratar de organizar la defensa me encuentro con que no hay nada aprovechable. Todos los servicios desorganizados, el material casi en su totalidad en poder del enemigo, y las Fuerzas dispersas y sin mando; y con ser desastrosa la situación que le pinto de recursos materiales, lo es mucho más la moral, que se ha perdido en casi todos los restos de este ejército; en una palabra: la Comandancia General de Melilla se ha fundido en unos días de combate en forma que de ella, poco queda aprovechable, todo hay que crearlo de nuevo y todo ha de ser con los recursos que reciba, y tan urgentemente, que de no hacerlo enseguida, no podríamos contener quizá, ni a la misma cábila de Guelaya, teniendo que constituir las posiciones iniciales del año 1909.

Y así era en efecto, porque desde las primeras horas de la mañana del día 24, por la carretera de Nador, llegaba una riada de familias que buscaban refugio en Melilla, con lo que habían podido salvar de sus míseros enseres. Eran los colonos de Nador, de Zeluán, de Segangan, mezclados con los fugitivos de las Columnas y posiciones; muchos heridos, aspeados otros, deshechos todos. Un tren que se había organizado para llevar municiones a Monte Arruit, de donde las pidieron en la madrugada, no pudo pasar de Nador; lo hicieron volver a tiros, muriendo el jefe de la expedición. El cerco era completo; sólo quedaba ya la Plaza reducida a sus propias fuerzas.

A las ocho de la mañana de aquel día, llegaba al puerto un barco conduciendo el primer Batallón del Regimiento de Infantería la Corona de guarnición en Almería y aunque su presencia animó y reconfortó los espíritus, no logró sin embargo tranquilizar al vecindario, que continuó preocupado por las noticias propaladas por los fugitivos, que señalaban la presencia de la harca enemiga en las mismas puertas de Melilla. Poco más tarde y procedentes de la zona occidental desembarcaban del «Ciudad de Cádiz» el General Sanjurjo y dos Banderas del Tercio de Extranjeros mandadas por el Teniente Coronel Millán Astray; también llegaron los Regulares de Ceuta con su jefe, Teniente Coronel González Tablas. Estas Fuerzas se trasladaron rápidamente al Zoco el Had de Beni Sicar, para sostener la vacilante actitud de aquella cábila, a instancia del leal caid Abd el Kader. Aquel mismo día aún arribaron a Melilla, desde Algeciras, un Batallón de Extremadura, de Málaga, uno del Borbón y de Sevilla, otro del Regimiento Granada.

Estaban ya en Melilla los refuerzos salvadores tan ansiados por todos; y con las Tropas desembarcadas dirigidas por el General Sanjurjo (Tercio, Regulares de Ceuta, Batallones de Borbón y Extremadura, Ingenieros y elementos auxiliares), se ocupó y fortificó, el 25, las posiciones de la falda del Gurugú, estableciendo una línea exterior que desde Sidi Musa y Segunda Caseta, por Ait Aisa y Taguilmanin, cerraba con Sidi Aguariach. También se ocuparon las antiguas posiciones, ya desmanteladas, de Hidum, Ixmoar, y el Zoco el Had de Beni Sicar y las avanzadillas de Tizza y Casa Bona o Casa de Bono, para cerrar la Península de Tres Forcas y con ello proporcionar refugio a los indígenas que permanecían fieles. La operación fue llevada a cabo por una Columna mixta al frente de la cual iba el Coronel Riquelme, recientemente nombrado jefe de las Tropas de la Policía Indígena de aquella Comandancia, y la componían un Batallón de Extremadura con su Compañía de ametralladoras, tres Compañías y una Sección de armas automáticas del Regimiento de Granada, otra Compañía de Ceriñola, una Sección de Caballería Alcántara y otra de ametralladoras de Pavía y una Batería de montaña de Ceuta.

Reconfortada hasta cierto punto con el abrigo de los refuerzos llegados, la población reposaba, desviada del peligro; aparentemente todo quedaba tranquilo, aunque la inquietud perduraba todavía, dado que algunos indígenas de las cabilas de Beni Ensar, Mazuza, y los de Barraca que habitaban en las laderas del camino de Nador, confirmaban sus propósitos de rebeldía, teniendo que ser reducidos por la fuerza.

Dicho día 25, desembarcaban en Melilla procedentes de la Península, los Batallones de los Regimientos de Infantería Sevilla, Castilla y España, haciéndolo otras unidades expedicionarias en fechas sucesivas. Al presentarse en la jornada siguiente los jefes de Beni Sicar y Frajana ofreciendo su leal ayuda, fueron aprovechadas por el Mando estas circunstancias favorables para que el General Sanjurjo con unidades del Tercio, Regulares de Ceuta, de los Batallones Sevilla y San Femando, de Alcántara, de Artillería, Ingenieros y elementos auxiliares, se ocupase sin dificultad Sidi Ahmed el Hach y el Atalayón. Este mismo día se intentó socorrer a Nador, pero resultó imposible a causa de la fuerte presión enemiga.

El 31 de julio se incorporaron a Melilla el nuevo Comandante General, don José Cavalcanti de Alburquerque, y los Generales de Brigada que habían sido destinados a las órdenes del Alto Comisario para el mando de las Fuerzas de operaciones, don Francisco Neila Ciria, don Miguel Cabanellas Ferrer, don Miguel Fresneda Mengíbar y don Federico Berenguer Fusté. Se organizaron entonces las Fuerzas en tres Columnas, correspondientes a los tres sectores en que se dividió Melilla, quedando independiente la Brigada de Caballería y formando Columna propia los defensores del Zoco el Had y destacamentos anejos.

Al finalizar dicho mes, se había logrado reunir en la Comandancia, 15 Batallones de Infantería, dos Banderas del Tercio, el Grupo de Regulares de Ceuta, los Regimientos de Caballería, Húsares de la Princesa y Pavía, cinco grupos de Artillería y el Parque móvil de Ceuta, el Grupo de Ingenieros Zapadores, también de Ceuta, un Batallón de la misma especialidad, dos Compañías de Telégrafos y otra de Ingenieros, cuatro ambulancias y tres Compañías de Intendencia.

Estas Fuerzas, que por el momento, si aseguraban la defensa de la Plaza y sus proximidades, no fueron consideradas por el Mando como refuerzos suficientes para realizar avances profundos, sin entablar dudosos combates, toda vez que el levantamiento había sido general y las noticias que se iban recibiendo de los frentes, eran en extremo desfavorables, pues hasta Gomara se hallaba poco tranquilizadora, resultando que la efervescencia no favorecía nuestros planes.

De tal modo, el General Berenguer, sin dar seguridades todavía a Melilla y vista la manera de llegar los refuerzos, no creyó oportuno de momento realizar intentos. «Marchar con aquellas fuerzas a auxiliar Zeluán y Monte Arruit —informaba al Ministro de la Guerra— sería exponerlas a un fracaso y dejar descubierta la Plaza que se hallaba amenazada por casi todo su frente; no disponía de efectivos para ello, porque los Batallones recibidos eran muy pequeños y la gente no estaba instruida para poder batirse, pues llegaban muchos que aún no estaban fogueados y bastantes que sólo tenían veinte días de instrucción. Y añadía: «Tal como estamos hoy en este ejército, y con el refuerzo que le pido, la verdadera necesidad estimo que es la de organización, porque esto es un conglomerado de unidades, deficientes todas ellas en material, instrucción y efectivo, pues los Batallones oscilan en 450 hombres con sus Compañías de Ametralladoras y hasta que todo esto no esté organizado y convenientemente preparado en todos sus aspectos, desde el de mando hasta el de elementos para marchar, no tenemos garantía alguna de que las Tropas puedan combatir con eficacia (al ser pasada revista a las tropas peninsulares por los Generales jefes designados para su mando, observaron muchas deficiencias tanto en instrucción como en material y ganado). Es un caso realmente extraordinario, pues no se trata de reforzar un ejército con elementos nuevos, sino de crear un ejército para combatir al día siguiente».

Entre tanto, fueron siendo rescatados algunos oficiales (Capitán Médico Peris y Tenientes Sanz y Sánchez Manzanera) y personal civil que por la zona francesa llegaban el 29 a Chafarinas huyendo del Zaio. Durante este día la Columna del General Sanjurjo se encargó de establecer varios blocaos para reforzar el frente de Atalayón, Sidi Ahmed el Hach, Sidi Musa y Ait Aixa, y proteger igualmente los trabajos de fortificación y aprovisionamiento de la Segunda Caseta. El enemigo que pretendió oponerse fue batido con fuego de fusil, ametralladora y artillería. Las bajas habidas por nuestra parte, fueron cinco de Tropa, heridos, y un oficial, contuso.

Las noticias que se recibían de los puestos avanzados de la zona eran muy graves, ya que el levantamiento rebelde iba adquiriendo inusitadas proporciones. El 2 de agosto se perdía Nador, y al siguiente día se rendía Zeluán, como ya se ha dicho anteriormente, lo que alejaba la posibilidad de un rápido socorro para Monte Arruit, posición, que por la heroica resistencia, dio en llamar la prensa «Moderna Numancia».

Los indígenas de Mezquita y Frajana o Frahana tan próximos a Melilla y tan adictos a España, se alzaban también en rebeldía alentados por los de Beni Bu Gafar, que extendían su predicación sobre los de Mazuza y Beni Sicar, para que éstos atacaran a los fuertes exteriores.

No obstante, en una operación de desembarco, se ocupó, sin bajas, la Restinga en la mañana del 4 de dicho mes por tres Compañías de San Fernando, una de ametralladoras de Ceriñola, una Sección de Regulares, una Compañía de zapadores y una estación óptica, al mando todos del Coronel Salcedo. El transporte de las tropas fue realizado por los barcos de guerra, crucero “Lauria”, cañonero “Cataluña” y lancha “Europa”.

Estado de las fuerzas expedicionarias
La aparente inactividad de las Tropas recién llegadas originó, como no podía menos de suceder, cierto malestar en algunos sectores de la opinión pública, haciéndose cargos desviados muchos de ellos de la verdadera razón, con lo que restaban moral y prestigio al Mando, en circunstancias críticas en las que tanto se necesitaba del apoyo y auxilio moral de todos para vencer el duro trance en que la fatalidad nos había colocado. El General Berenguer opinaba que era preciso no cometer la menor imprudencia y no dar lugar a un nuevo descalabro, que sería en este caso fatal, para la Nación protectora. Fundamentaba así, en comunicación al Ministro de la Guerra de 31 de julio (“Campañas en el Rif y Yebala (1921-1922)”.) su firme decisión de no emprender operaciones importantes: “hay, además, que tener en cuenta, que hasta hoy mismo no se ha podido constituir el mando de las Fuerzas, que en realidad, hasta ahora, son un grupo de unidades sin cohesión y con todas las deficiencias de un rápido e inesperado traslado a estos territorios; al no moverlas, creo hacerle a mi Patria el mayor sacrificio que se puede hacer después del de la vida, que no es la responsabilidad lo que coarta mi acción, sino el convencimiento de que expondría lo que aquí nos queda a un grave riesgo”. A pesar de tales razones, con las que coincidía totalmente el Ministro, crecía por momentos el estado de descontento tanto en Melilla como en la Península, y el principal motivo era el no socorrer a Monte Arruit. El país, mal orientado respecto a cuál era el verdadero estado de las Fuerzas expedicionarias, se impacientaba al ver que no se avanzaba, no dándose exacta cuenta de que acudir a la Plaza y al campo al mismo tiempo era expuesto a un mal mayor, comprometiéndose gravemente la suerte del Ejército.

Para salir al paso del clamor de disgusto, tan extendido sobre todo por los diversos comentarios de corresponsales periodísticos, el General Berenguer reunió el 6 de agosto a los Generales jefes de las Columnas, para volver a considerar el caso y estudiar la solución a la situación creada. En esta reunión, de la que se levantó el acta correspondiente por acuerdo de los reunidos, que además del Alto Comisario eran los Generales Cavalcanti, Cabanellas, Sanjurjo, Neila y Fresneda, y el Coronel Gómez Jordana como secretario, se declaró por unanimidad absoluta y sin la menor reserva, “no encontrar, en el plazo brevísimo que hubiera sido menester para que resultara eficaz, medio hábil de realizar acción alguna militar para socorrer a la Columna del General Navarro, aunque ello constituyera para todos los reunidos el máximo sacrificio que podían rendir a su Patria, convencidos de que el honor de ella, y hasta su integridad, requería en estos momentos una serenidad y valor cívico extraordinario para, prescindiendo de insensatas corrientes de opinión, seguir el camino que condujera por modo seguro al éxito de nuestras armas, que habría de basarse, a ser posible, en una sólida, o, por lo menos, en la indispensable preparación de la campaña a realizar, y en evitar a todo evento un revés, que después de los anteriores, arrastraría tras si definitivamente la suerte de España y el Ejército, a quienes todos debemos supeditar intereses personales de notoriedad, secundarios ante los más sagrados de la Patria”. (Continuará)

Bibliografía:
Un siglo de España. Tomo I
50 años de la Legión
Historia de las Campañas de Marruecos del Servicio Histórico Militar
Archivo municipal del cementerio de la Purísima Concepción de Melilla
Archivo del Tercio Gran Capitán 1º de la Legión
I Centenario Panteón de Héroes. Isabel María Migallón Aguilar y Eduardo Sar Quintas
José Antonio Cano Martín con la inestimable colaboración de Eduardo Sar Quintas de la Asociación de Estudios Melillenses