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Cosas de críos Recuerdos de una infancia, escritos antes de que el paso de los años borrara para siempre su sabor
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Cosas de críos Recuerdos de una infancia, escritos antes de que el paso de los años borrara para siempre su sabor

Por Severiano Gil Ruiz Escritor melillense

lunes 01 de junio de 2020, 03:33h
3.- La fila

El colegio, como ya dije, estaba a la salida del pueblo en dirección a Melilla, sobre un collado que forma parte de las faldas del yebel Arbós, par de colinas conocidas más familiarmente como Las Tetas de Nador. Desde el casco urbano hasta el centro docente, mediaban unos cuatrocientos metros a lo largo de la carretera y las vías del ferrocarril y, cada mañana, se organizaba la Fila, custodiada por dos bedeles y un maestro que nos conducían, formados de a dos y a través de aquellos despejados cuatrocientos metros de cuesta, hasta la seguridad del interior de los muros del viejo cuartel.

La Fila se formaba frente a la puerta de la iglesia y, a las nueve menos cuarto, se ponía en marcha cual caravana nunca del todo domeñable.

Pero había veces que alguno llegaba tarde, cuando ya la larga columna de colegiales estaba entrando por la lejana puerta de polícromas garitas y, entonces, se ponía en marcha todo un proceso de defensa encaminado a hacer llegar un cuerpo liviano hasta el reducto salvador a costa sólo de dos ágiles piernas que casi no conocían obstáculo.

Porque el enemigo acechaba...

Los morillos esperaban, encaramados a la tapia del ferrocarril u ocultos entre las casas de adobe situadas en las faldas de Las Tetas.

A veces, éramos varios los rezagados, y la subida era una marcha rápida y tensa sin dejar de observar a aquellos niños desarrapados y sin escolarizar que voceaban denuestos en shelja –ahora le llamamos, más apropiadamente, tamásigh, aunque suena zamásig e, incluso a veces, simplemente másig—; pero, cuando el número de los que trataban de forzar el bloqueo era trágicamente escaso o la velocidad de progresión demasiado lenta, éramos interceptados y, pegados de espaldas a la tapia tras de la cual discurrían las vías del tren, se nos despojaba de lo más llamativo de nuestra carga.

Se quedaban con casi todo: lápices, plumieres, cuchillas sacapuntas, gomas de borrar y, por supuesto, con aquellos estuches de madera que olían como los juguetes del mismo material. Dejaban, en cambio, libretas y libros de texto en español, aquellas enciclopedias llenas de letras incomprensibles para ellos y, para nosotros, de dibujos sosos.

Aunque lo que más codiciaban era la tiza, elemento ideal para impresionar piedras, tapias y paredes que, para todos ellos, hacían las veces de cuadernos escolares. Así que una de las soluciones para aquel atraco sistemático era ir bien provistos de barritas que, justo antes de producirse la interceptación, eran arrojadas lejos, igual que el chaff que expelen los aviones de combate modernos para despistar al misil que los persigue, lo cual nos permitía escapar a toda velocidad mientras que nuestros agresores se peleaban por coger el mineral blanco.

Un día —debía de tener entre seis y siete años—, me vi solo frente a la iglesia, y llegué a pensar incluso en volverme a casa, cosa que no hubiera sido demasiado descabellada, pues alguna de aquellas escaramuzas había finalizado con ciertas lesiones; pero valoré la situación y me dije que, dado que el retraso se había producido, como siempre, como consecuencia de mi pereza matutina, lo más probable era que, de volver grupas rumbo al hogar paterno, mi madre tendría un buen motivo para continuar la regañina que me había impulsado a desayunar a todo gas. Por lo tanto, estando claro que no podía dar marcha atrás, me arriesgué.

Aunque, en aquella ocasión, introduje una variante en el itinerario; por una pequeña abertura practicada entre dos casas —poco más que una grieta—, se accedía al interior del recinto del ferrocarril y, así, pude recorrer los primeros doscientos metros en plena impunidad, a la espalda de los que esperaban el paso de los rezagados de aquel día. Me vieron, no obstante —babero blanco sobre el fondo oscuro de la grava que rodeaba las vías—, pero ya era tarde para ellos, y logré mi primera victoria personal al conseguir llegar junto a la puerta del cuartel con toda mi impedimenta incólume, y sin siquiera haber tenido que arrojar tiza para evadirme: un completo éxito.

ENTRE MAYO Y SEPTIEMBRE DE 1992