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Cosas de críos Recuerdos de una infancia, escritos antes de que el paso de los años borrara para siempre su sabor

5.- El palo de don Alfonso

5.- El palo de don Alfonso

Por Severiano Gil Ruiz, Escritor melillense

lunes 29 de junio de 2020, 03:09h
Severiano Gil
Severiano Gil
Y acabó el curso; cambié de aula y de profesor. Doña Conchita siguió dando clases a los menudos, y nosotros, con la cabeza más bien alta, recibimos por vez primera clases de un maestro varón que, o bien fue casualidad, o era indicativo de que habíamos dejado de ser unos mocosos.

Pronto íbamos a saber lo que era estar bajo la tutela de los duros.

Don Alfonso era voz y aspecto de rector, de catedrático a la antigua que desdecía de su mera condición de maestro de escuela en una misión del Norte de África. Con él, morillos y morancos no tenían nada que hacer; era el puño de hierro, la antorcha del saber, el martillo de herejes que impartía clase y justicia sin atender a posibles retrasos étnicos o temperamentos montaraces.
Recuerdo un día en que, llevado de mis instintos primitivos —tal vez adquiridos por el roce con aquellos otros paisanos de vida mucho más campestre—, cometí un desliz que me iba a arrojar en los nada cariñosos brazos de aquel maestro de la ejemplaridad.

Estábamos a mitad de curso y, por avatares de la vida, un chiquillo nuevo se acababa de inscribir en la clase. Era regordete, de mejillas sonrosadas y cabello cortado al dos, como casi todos nosotros; y, fatalidad del destino, como último incorporado, vino a sentarse justo a mi lado, al extremo de una de las hileras de pupitres..., en la última fila, vamos. Y yo me alegré cuando dejé de ser, por fin, el último de la clase.

Como era natural, y a consecuencia de los sucesivos expolios de material docente que sufríamos en nuestras correrías mañaneras, no había bolsillo, en 1961, capaz de costear el número de sacapuntas que se necesitaban a lo largo de un curso, qué digo curso, ¡trimestre!; y los suplíamos con rotas y oxidadas cuchillas de afeitar en las que ya ni se distinguían las letras de Gillette o Palmera.

No sé qué extraño impulso hizo que me fijara en las orejas de mi nuevo compañero: carnosas, encarnadas y bien separadas de la cabeza a consecuencia de un cogote más bien sobredimensionado, y mondo bajo los trebejos del barbero. Estaba sacando punta a mi lápiz y no me pude contener. Fiel a mi divisa de pensado y hecho, acerqué el cortante borde del arma al rutilante pabellón auditivo de mi compañero de clase... Bastó una ligera presión para que la sangre brotara, brillante y escandalosa, de aquel cuerpo tímido, callado y aún no integrado en el resto de la clase.

Gritos, carreras y lamentaciones de una maestra que se encontraba en clase por casualidad; y al fondo, junto a la pizarra, don Alfonso me miraba, calmado, frío e imponente. A mi pobre compañero se lo llevaron, bañado en la sangre, cuánto más roja a consecuencia del efecto óptico de verla derramada sobre el blanco babero.

Don Alfonso tuvo la entereza de estampar, sin que el pulso le temblara, un par de firmas en un libro de tapas de cartón azules que maldita la relación que tiene con el caso, pero que, en aquellas circunstancias en las que me encontraba especialmente receptivo, quedó el acto grabado en mi mente. Después, con los plañidos de mi víctima perdiéndose por los corredores del antiguo cuartel, el maestro me llamó.

Tenía una vara corta, cilíndrica, de unos ocho centímetros de gruesa y pintada de negro erosionado por su tremendo y continuo uso —los niños se derrumbaban apenas llegado el tercer o cuarto fustazo, incluidos los no españoles; y, a mí, aquello me hacía un efecto terriblemente desagradable, al verles revolcarse por el suelo, bañados en lágrimas y con la garganta quebrada de tanto gritar pidiendo clemencia; así que me propuse demostrar lo que se podía aguantar.

Conforme me acercaba, desde mi alejado puesto en el ranking de la clase, don Alfonso parecía ir ganando en estatura y corpulencia; tenía ya la vara en la mano, y un traje de color marrón jaspeado que fue lo último que vi antes de disponerme al castigo. Con la cabeza entre sus piernas, la espalda arqueada y el trasero ofrecido irremediablemente, sentí el primer palazo en la parte alta de las nalgas. No es tan malo, pensé; y el castigo siguió: dos, tres..., al quinto parará, me dije, mientras apretaba los ojos y los dientes.

Pero no paró, seguramente espoleado por mi inusitada resistencia y, también, por el tipo de vil acción que yo acababa de cometer en aquel compañero callado y con cara de bueno. Los golpes se incrementaron: seis, siete, ocho... Y, lo que son las cosas, no me dolía; tal vez, la primera parte del castigo desencadenara alguna clase de proceso anestésico local que me impedía sentir apenas algo más que la vibración del corto y manejable mandoble de madera.

También es cierto que, a esa edad, casi nada duele.

Y aguanté, como pude, pero lo hice; mis rodillas no se doblaron, ni grité pidiendo socorro como los otros, ni lloré. Creo recordar que conté doce fustazos, es posible que fueran más, o menos, pero fue un castigo aplicado fuerte y ejemplarmente; la ocasión menos indicada para tratar de demostrar mi hombría ante los otros.

Al salir de entre los muslos del maestro, sentí rabia al tener que mostrar a los demás un rostro que yo notaba sonrojado por el esfuerzo y el roce con la tela de color marrón del traje de don Alfonso, que picaba.

Sí que dolía; lo noté al incorporarme, pero no era momento de estropear aquel derroche de resistencia, y me aguanté, cruzando una mirada furtiva con el verdugo: gesto grave, peinado a lo José Antonio Primo de Rivera, y traje jaspeado húmedo en la entrepierna por mi sudor o las lágrimas que no había podido contener del todo.

No recuerdo si hubo lío en casa; pero, esa tarde, a la hora del baño, mi madre se quedó de piedra al ver los monstruosos hematomas que el palo cilíndrico había dejado sobre mis riñones. Claro que, conociéndome, no la armó demasiado gorda y se limitó a hablar con el maestro para evitar en lo sucesivo tales tatuajes.

Es curioso, no recuerdo nada después, pero estoy seguro de que me caería una buena al tener conocimiento mi madre del acto vandálico que había sido el origen del castigo aplicado. Claro que una zapatilla, aun siendo la suela de goma y empleada sobre las piernas al descubierto, no era siquiera parecida al corto palo de don Alfonso.

A pesar de ello, siempre que apenas me tocaba la suela del calzado materno, me defendía a mi manera y rompía en alaridos que nadie escuchaba, por lo que mi honor quedaba bien a salvo.